Aunque parezca un título de ficción, el síndrome del gato volador es tan cercano a la cotidianidad de nuestros gatos que es preciso conocer sus causas, sus consecuencias y la forma de evitarlo.

Por su instinto felino, nuestros gatos sienten la necesidad de subir a las alturas lo que les permite tener una panorámica amplia de su entorno y así sentir que tienen el mundo que los rodea bajo control. En nuestras casas, esa necesidad en la mayoría de los casos la suplen asomándose por ventanas y balcones; donde a pesar de su cautela y agilidad, fácilmente pueden perder el equilibrio y caer al vacío al intentar atrapar algún objeto o animal, o al saltar sobre algo que les llame la atención.

La mayor propensión a salir “volando” se da en gatos menores de 2 años por su hiperactividad e inexperiencia, así como en los no castrados por su instinto de apareamiento.

Esas caídas pueden ocasionar lesiones internas o fracturas, que paradójicamente, resultan menos graves cuando son a mayor altura ya que los gatos tienen la habilidad de expandir sus patas y cola cuando caen al vacío y adoptar una posición horizontal que les ayuda a amortiguar el impacto de la caída. Pero es algo que logran hacer solo cuando tienen el tiempo suficiente para acomodar su cuerpo de esta manera.

No existe forma de evitar que incidentes como estos sucedan si pretendemos “enseñarles” a reprimir algo que para ellos es totalmente instintivo. La única forma de evitarlo es tener cuidado en dejar puertas y balcones cerrados, o lo más aconsejable; instalar mallas de protección que además les permita seguir disfrutando del placer que les produce sentir que dominan el mundo visto desde las alturas.

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